¿Qué hago yo aquí?


¿A DÓNDE VAMOS ESTE WEEKEND?
8 diciembre 2009, 3:41
Archivado en: Bangkok

Hey!!

¿Cómo va todo?

Perdonadme si hoy no estoy muy fluido escribiendo o si cometo faltas de ortografía, pero ayer fue el cumpleaños de mi amigo Carlos y ya os podéis imaginar lo que pasó… y hoy trabajando como si fuera un tipo responsable.

Bueno, todavía no os voy a hablar de la vida en Kuala Lumpur, eso ya lo haré más adelante. Lo que sí voy a hacer es hablaros de mi viaje a Bangkok. Este viaje fue otro de los muchos que se están planificando con gran antelación y expectación. Concretamente compramos los billetes dos días antes de irnos, con lo que nos daba tiempo a contactar a un par de amigas de allí, sugerirles que nos adoptasen durante un fin de semana y preguntar a la gente qué es lo que hay en Bangkok.

Sinceramente, creo que no he estudiado tanto en mi vida. Cada fin de semana tengo un viaje y, para no ir sin saber nada, cada semana me hago de la lonely planet del lugar y a leer. Esto es estresante… Bueno, en realidad no lo es tanto. Pero tendríais que ver mi casa, está llena de papeles de guías de ciudades y países. En el salón, en la cocina, en el cuarto de baño, en el dormitorio… parece que voy a hacer una tesis sobre el Sudeste Asiático.

Pues a lo que vamos, que el fin de semana pasado, puente de la Constitución Española, decidimos acercarnos a la ciudad más turística de todo el Sudeste Asiático, Bangkok.

Bangkok

Bangkok es una ciudad enorme, con muchos contrastes, un tráfico horrible, mucha cultura, mucho vicio… Bangkok es única.

El viaje comenzó como casi todos. Quedamos con mi amigo Mr Naidu, mi taxista de confianza, y nada más terminar de trabajar nos recogió a Paula, Álvaro y a mí y nos llevó al aeropuerto. Durante el camino estuvimos charlando, una vez más, sobre la mezcla de culturas en Malasia, los problemas entre las etnias, política, religión… hasta que me aburrí de hablar en inglés y me puse a ver pasar las líneas blancas pintadas en el asfalto. Y después dormir despierto.

Tras una hora metidos dentro del taxi de Mr Naidu, nos dirigimos a la puerta de embarque de AirAsia. La como es habitual DELAYED… Tras esperar un poquito, y un poquito más, ya pudimos meternos en el avión. Yo tenía la esperanza de que el avión no estuviese muy lleno y me pudiese tumbar como en el avión de Jakarta, pero no fue el caso. Todo lo contrario. El avión estaba lleno hasta que no cabía ni un solo bulto más. El avión pertenecía a la división Thai de AirAsia y de los más antiguos en los que me he montado. Me tocó justo delante de la salida de emergencia, con lo que no me podía reclinar. Pero, para aumentar mi satisfacción, tampoco había sitio para mis piernas y me habían sentado en el pasillo, con lo que cada vez que pasaba alguien… codazo.

Pero bueno, todo se pasa. Llegamos un poco tarde a Bangkok. Nada más llegar nos pusimos a buscar la salida siguiendo las indicaciones que nos había dado Marina, mi amiga de Bangkok. Compramos un par de tarjetas de teléfono y nos fuimos a la calle a buscar un taxi. Aquí, como en casi todo el Sudeste Asiático, eso de que te pongan el taxímetro es un privilegio. Así que tras negociar un poco, aunque no mucho porque estábamos cansados, le dijimos al conductor que nos llevase a Sukhumvit.

Marina nos había dejado las llaves de su apartamento en la recepción del edificio. Ella se había ido de viaje al interior de Tailandia para aprovechar el fin de semana largo. La seguridad del edificio era desmesurada. Nos hicieron preguntas complicadísimas para verificar que podíamos coger las llaves, tales como: “¿número de apartamento?”, buscaban las llaves entre las que había en el cajón y con una sonrisa nos la dieron. El apartamento era en realidad un estudio en una planta 33 que miraba hacia el horizonte de Bangkok. Las vistas eran bastante hermosas. Pero no nos quedamos a disfrutarlas mucho tiempo. En cinco minutos salimos de casa, compramos un paquetillo de patatas que hacía las veces de cena, y abajo nos estaban esperando los amigos de Marina.

Nos llevaron a un antro, por ponerle algún nombre, que estaba en un aparcamiento en Sukhunvit soi 13. No recuerdo el nombre del sitio, pero es para no volver. Nada más llegar al sitio nos encontramos a un LadyBoy que hacía de cajera y un afeminado puestísimo que nos abrió la puerta. Y lo que nos encontramos… unos cientos de personas escuchando a una banda en vivo y bebiendo Tiger. La multitud se dividía básicamente en chicas de peaje, LadyBoys, y tios blanquitos borrachos magreando a cualquier “cosa” que les pasaba por delante. El servicio era espectacular, una docena de camareros diciéndote que te dieses prisa y te terminases la copa ya para pedirte otra y ganarse su comisión. Yo estaba nerviosísimo, no sabía diferenciar cuál era una chica de verdad y cuál un LadyBoy. (Debo explicar que LadyBoy es el término que los Thai utilizan para llamar a aquellas mujeres que han nacido en un cuerpo de hombre) El método que nos aconsejaron para diferenciarlos era el siguiente: “si está muy buena es un tío”.

En este garito estuvimos hasta que nos cerraron, que no era muy tarde gracias a la nueva ley de bares en Tailandia. Pero en seguida se le ocurrió a alguien el nombre de otro sitio que seguro que estaba abierto, el New Boss. A la salida del agujero, había unos cuantos taxistas sedientos de guiris para poderles sacar la pasta. Nos metimos en un taxi y le dijimos las palabras mágicas: New Boss. El taxi salió deprisa hacia su destino y al poco tiempo ya habíamos llegado. Los conductores tenían que tener algún acuerdo con el New Boss, porque ni siquiera nos dijo cuanto le debíamos. Una carrera gratis no se porque sí, alguna comisión caería por parte del club. En la entrada nos amontonábamos todos aquellos que nos habíamos quedado con ganas de más música. Pagamos la respectiva entrada y adentro. La noche continuó y continuó. A la salida, toda la gente ya estaba comiendo en la calle. Yo que estaba muy hambriento me acerqué a un puesto que había en una esquina. Menos mal que mis amigos me pararon a tiempo. El puesto al que me estaba acercando no tenía nada de carne, ni pescado, ni arroz, ni noodles… lo que tenía eran bichos fritos, saltamontes, cigarras… bichos indescriptibles, con unos nombres impronunciables. No me hice el valiente y preferí irme ya a casa, antes de cometer la locura de comerme alguno de aquellos bichos.

A la mañana siguiente nos levantamos tardísimo. Cuando nos levantamos Paula ya se había ido con el resto de los españoles que estaban en la ciudad a dar una vuelta por la selva. Se habían ido al parque natural de Khao Yai. Álvaro y yo preferimos quedarnos disfrutando del sueño y ver la ciudad. Nos levantamos, comimos un par de galletas y un poco de leche y a la calle.

Yo había leído algo sobre Bangkok, pero tampoco mucho. Así que decidimos ir a la zona más turística, Rattanakosin. Y decidimos ir en el Skytrain para poder disfrutar de las vistas durante el trayecto. Compramos el billete con la tarifa 5 y llegamos a Saphan Taksin. Allí vimos que era lo que hacía la gente y decidimos hacer lo mismo. Nos acercamos al muelle del río y hablamos con un par de comisionistas. Todo en Bangkok se mueve por comisionistas. Tipos que se acercan a los turistas y les ofrecen cualquier cosa. Finalmente decidimos alquilar una barca estilo cayuco. Estuvimos pasando el siguiente par de horas dando vueltas por el río y los canales. Fue una de las mejores cosas que pudimos hacer ese fin de semana. El panorama era muy auténtico. Cientos de viviendas elevadas sobre el río sujetas con unos palos que hacían las veces de cimientos. Gente cocinando, gente lavando ropa en el río, perros nadando, vegetación, mucha vegetación, templos, budistas, gente rezando, gente alimentando a los peces, vendedores en barcas… hasta que paramos en un pequeño zoo, por llamarlo de alguna manera. Éste consistía en unos cuantos reptiles y pájaros enjaulados, un tigre aburrido y un oso deprimido. A parte de eso, el sitio destacaba por el espectáculo de serpientes que mostraban cada hora. Cobras, víboras, pitones se enfrentaban en el suelo a los Thai que las manejaban a su antojo. Allí estuvimos cerca de 45 minutos antes de dirigirnos de nuevo a nuestra barca.

Se me olvidó comentar que la barca consistía en el cayuco, como los que habréis visto tantas veces en las noticias, pero propulsado por un motor de automóvil unido a una hélice. Los motores eras ruidosísimos y desprendían un humo bárbaro. En alguna ocasión coincidimos varias barcas juntas y parecía que había una competición a ver quien tenía el motor más grande.

El viaje fue relajante, sobre todo después de la noche que habíamos tenido. Justo el viaje se terminó cuando se nos estaba abriendo el apetito, lo cual fue perfecto porque la barca nos dejó en un sitio donde había varios puestos de comida, a cada cual más auténtico y delicioso. Algo que resalta de la ciudad de Bangkok es que se pueden encontrar carritos con comida deliciosa en cualquier parte, donde menos lo esperas. Nos sentamos en el que vimos que tenía una pinta más sucia y más rica. Mezclamos un par de platos y a disfrutar. Creo que no se puede decir que has estado en un sitio sin probar la comida que preparan sus gentes.

Tras terminar de comer estuvimos pensando qué podíamos hacer. Estábamos justo en el barrio más turístico de Bangkok. Allí estaba el Grand Palace, el Buddha Reclinado, Wat Pho… precisamente lo más turístico de la ciudad.

Nos pusimos a caminar, preguntamos a un par de personas y nos dijeron que el Palacio estaba cerrado porque ya era muy tarde. Eran las 5pm. Así que decidimos caminar y dar una vuelta por el barrio. Caminando caminando llegamos al templo donde está el Buddha Reclinado. Es una joya. yo no sé si es de oro de verdad, o simplemente pintado de dorado, pero sea lo que sea es precioso. Imaginaos una estatua gigantesca de un señor echándose una siesta y todo ello en un templo muy pequeño. La distancia entre las paredes y el techo con la estatua era super reducida. No había apenas ningún punto en el que pudieses tener una vista total de la figura. El templo por dentro estaba decorado con pinturas tradicionales y había un olor especial en el ambiente. No eran los pies de la gente obligada a descalzarse para entrar, lo que olía de forma especial y le proporcionaba esa sensación espiritual era el incienso, acompañado de reflejos de luz que entraban en el templo.

Cansados ya de hacer poca cosa, decidimos culturizarnos un poco y preguntamos por precios para que nos diesen un masaje thai tradicional. Y es que eso es cultura. Alguien que vaya a Tailandia y no se haya dado un masaje no es una persona de fiar. Pues eso, paramos al señor que estaba ofreciendo publicidad de un establecimiento de masajes por la calle y le dijimos que nos llevase al lugar. Creo recordar que el masaje costó como unos 5€ al cambio por toda una hora. No imaginéis que las que daban los masajes eran modelos, todo lo contrario, pero lo que importaba era el masaje. Nos subieron a la planta de arriba de establecimiento y nos dieron un pijama para que nos lo pusiésemos antes del masaje. Nos tumbamos en el suelo y empezamos a recibir la paliza. Y digo paliza porque eso es lo que fue. La señora nos estiraba de una forma que no sabía que se pudiese hacer. Nos pisaba. Nos daba pellizcos. Se tiraba encima nuestra. En algunos momentos tenía que decirme a mí mismo mentalmente: “Eres un hombre. No puedes lloriquear.” Y yo tuve suerte porque al menos mi masajista no era una peso pesado. A Álvaro le tocó la hermana mayor, con sus correspondientes kilazos. Y cuando se tiraba encima suya o le pisaba se oía en la habitación: “Easy, easy!” Toda la gente se empezaba a reír, incluido yo. Pero el chaval tenía razones para quejarse, lo suyo si que era una tortura. Al terminar nos dieron un refresquito y a caminar. Yo entonces le planteé a Álvaro ir a que nos diesen un masaje normal para relajarnos del masaje Thai, pero no salió la propuesta adelante.

Al salir cogí un satay, que es un espeto de carne macerada cocinada a la brasa, del puestecillo de la puerta y me lo llevé caminando. Comer en la calle por el Sudeste Asiático es uno de mis vicios favoritos. Casi nunca pregunto lo que es, o simplemente le digo que me dé lo que quiera. Sólo por probar.

Cuando terminamos de la sesión cultural y nos terminamos el satay cogimos un tuk-tuk (moto convertida en carrito que debe su nombre al ruido que hace, tuc-tuc-tuc-tuc) y nos dirigimos a la zona de Ratchadamnoen. Queríamos ir a ver un espectáculo de Muay Thai, Thai Boxing. De todos es sabido que a los chicos nos encanta ver como los demás se dan tortazos. Pues eso, nos acercamos al sitio y vimos una marea humana en la calle, todo el mundo vestido de rosa, que cortaba las carreteras. Había cientos de puestos de comida, de artículos tradicionales, etc. A lo largo de la avenida se veían decenas de fotos de su rey. Nos preguntábamos qué estaba pasando. Era el cumpleaños del rey de Tailandia. La gente debe amar a este señor. Nunca había visto a tanta gente de esa forma. Todos vestidos del mismo color, esperando a que se iniciase la celebración. Todos con fotos de su majestad. Todos felices por su aniversario.

Nos abrimos paso como pudimos entre aquella multitud, hasta que llegamos al pabellón donde se celebran algunos torneos de Muay Thai en Bangkok. Teniendo en cuenta la planificación y demás lo más lógico era que estuviese cerrado, y así fue. Pero bueno, apuntamos todos los datos, nos enteramos bien, y por suerte había otra pelea el domingo por la tarde.

Seguimos caminando por la avenida, mirando a la gente expectante. Nos quedamos por allí hasta que nos aburrimos y pensamos que habría algo que se pudiese hacer. Paramos a otro tuk-tuk y le dijimos que nos llevase al barrio chino. Después de media hora y terminar oliendo a humo debido al trafico que siempre hay por la ciudad llegamos al barrio chino. Lo que me impresionó de este barrio fue la gran oferta gastronómica. Había puestos de todos los tipos. Ternera. Cerdo. Pescado. Marisco vivo. Fruta. Fideos. Había incluso puesto de postres chinos. Mientras caminábamos a mí se me hacía la boca agua. En realidad no nos movimos de la calle donde nos había dejado el tuk-tuk, pero tampoco teníamos fuerzas para mucho más. Tras andar para arriba y para abajo decidimos cenar algo típico: pollo asado con arroz hervido, panceta de cerdo crujiente con arroz hervido, pato estofado con arroz hervido. Al terminar de cenar estábamos derrotados. Cogimos un taxi y nos fuimos al apartamento. Me da vergüenza decirlo pero estábamos metidos en la cama a las diez de la noche.

Al día siguiente nos levantamos con energía. Algo normal después de haber dormido más de diez horas. Nos tomamos un poco de leche fresca, galletas y ya estábamos en la calle listos para patear la ciudad. Nos dirijimos a la parada del Skytren de Nanas y compramos un billete para ir al mercado del domingo de Chatuchak. Éste está situado en un parque relativamente al sur de Bangkok. Es uno de los mercados más grandes, donde se puede encontrar de todo. Falsificaciones la mayoría, muchos artículos de decoración, camisetas casi gratis, arte contemporáneo, comida, animales. Allí estuvimos casi toda la mañana. Yo me intenté resistir, pero no pude. Al final terminé comprando algunas cosillas. Pero con lo que me quedé con ganas de comprar fue un cuadro de un pintor contemporáneo sobre Bangkok. Mi presupuesto era limitado y el precio del cuadro era para turistas con MUCHO dinero. Tras unas cuantas horas andando y negociando paramos en un Donner Kebab, que lo echábamos muchísimo de menos, y a disfrutar del almuerzo. Mientras nos preparaban la comida, en el puesto contiguo, había un chico que mezclaba el té con leche condensada, tan típico de la zona, dando vueltas y tirándolo al aire, escanciando como si fuera sidra pero a la veza que giraba sobre sí mismo. Impresive.

Cansados de tantas compras decidimos escapar. Cogimos un taxi y nos fuimos al pabellón del torneo de Muay Thai. Esta vez no se nos pasaba. Cuando estábamos en el taxi, el conductor empezó a gestionarnos la compra de las entradas. hizo unas cuantas llamadas y cuando llegamos a la puerta del sitio dos señoritas nos abrieron las puertas del coche con una sonrisa en la boca. Nos ofrecieron todas las tarifas posibles, nos explicaron todo. Los mejores combates, las mejores zonas… Al entrar vimos que no había mucha gente, y de repente… un luchador caía al suelo inconsciente mientras entrábamos por la puerta. Estábamos ante nuestro primer KO. Nos sentamos, pedimos un par de cervezas y a disfrutar de las peleas. Los luchadores hacían unos rituales al comienzo de cada combate. Bailaban. Hacían estiramiento pero al ritmo de la música tradicional. Totalmente diferente. Concentración. Y cómo se golpeaban. Pero siempre con respeto, nunca hacían nada ilegal, y siempre acababan el combate con un saludo de compañero.

El combate estuvo muy bien, pero después de ver a 5 parejas de luchadores machacarse las costillas hasta ya no poder más, decidimos que ya era hora de cambiar.

Cogimos nuestro enésimo taxi y le dijimos que nos llevase al mercado nocturno de Lumini. Otro mercado más, lo que más lo diferenciaba era que tenía una plaza en el centro con muchísimos puestos de comida riquísima. Puestos de cerveza nacional y de importación a un lado de la plaza, comida variada y riquísima en el otro lado, y en el centro, el partido del Sevilla. Nos quedamos tontos entre la cerveza y el partido… Me entró la melancolía a España. En un puestecillo vi que servían almejas en salsa y pedí una ración para Alvarito y para mí. No se parecían en nada a las que se hacen en España tan ricas. La obsesión que tienen con las especias que todo sabe igual, solo le dejan el sabor de fondo, y éste no es que fuese muy especial.

Después de un ratito de relax nos fuimos a los puestos de ropa, suvenires y demás. Este mercado estaba más tranquilo que el de la mañana. Paré en un sitio a ver unas camisetas que me quería haber comprado en el mercado de por la mañana y me había quedado con las ganas. Pedí que me enseñasen un par de ellas de diferentes colores… le dije que si me podía probar una para ver si me quedaba bien y si la tela daba mucho calor. La camiseta era malísima, y tampoco es que valiese una fortuna, pero no me apetecía comprarla. Así que dije gracias pero no y me fui. El tipo se puso brusco y me decía que ya tenía que comprar una, que después de haberle molestado tenía que comprar. ¿Y yo que iba a hacer? Pues no hacerle caso y seguir andando. Y vinieron dos más bruscos todavía y comenzaron a insultarme en lo poco que sabrían decir en inglés, fuck you. Me asusté un poquillo. Después de haber estado viendo tanto Thai Boxing ya me imaginaba que éstos se iban a poner a dar patadas voladoras. Pero se quedó en intento de intimidación verbal.

Tras ver puestos y más puestos a Alvarito le volvió a entrar hambre. Este chaval está como un espagueti pero come exagerao’. Las terracitas de fuera del mercado no pintaban mal, tenían buen ambiente. Allí nos sentamos. Yo ya estaba medio lleno de las almejillas de antes. Alvarito, el monstruo de las galletas, se tomó un arroz con no-se-qué y un Pat Thai, y yo le acompañé con un par de cervecitas Tiger muy fresquitas.

Después de tanto jaleo se agradecía un poquito de calma y relajación. Nos pasamos ahí sentados más de una hora y media.

La verdad es que en esos momentos te fijas en ciertas cosas que… hay algo que no me gusta de estos sitios y es que hay mas blanquitos que gente del lugar. Eso le quita el encanto a las cosas, y no me puedo quejar mucho porque yo soy no de esos blanquitos. Hay muchos sitios que sólo están hechos para los extranjeros, y eso hace que a veces te parezca que estás en cualquier parte del mundo. Pierde la identidad.

Al rato nos fuimos al apartamentito a descansar y dormir.

A la mañana siguiente quedamos con Paula y una amiga. Nos dirigimos al Palacio Real tempranito para que no nos pasase lo del primer día. No llegaríamos muy tarde ese lunes. Serían las 11 de la mañana. Pero ya estaba el lugar lleno de turistas con cámaras réflex haciéndole fotos a todo lo que parecía especial. Para entrar en el sitio se debe ir vestido de forma no provocativa, que traducido para los hombres significa que nos debíamos poner unos pantalones de yoga enormes para taparnos el trozo de pierna que asomaba el pantalón corto. Después de disfrazarnos seguimos la corriente. Sinceramente a mí me defraudó un poco el lugar. Sería porque todo estaba muy preparado para los turistas. El lugar era precioso, un must-see. La zona de las tumbas es diferente a cualquier cosa que hayas visto antes. Sinceramente lo mejor del circuito del Gran Palace. Pasamos un buen rato dando vueltas y esquivando las fotos de la gente que se intentaba retratar haciendo posturas delante de los templos.

Pequeño inciso. Otro pensamiento que me surge después de tanto viaje es: El uso de las cámaras réflex. Parece que las regalan. Parecía que había una competición entre la gente, a ver quien tiene el objetivo más grande. Sobre todo los hombres. ¿Habría algún mensaje froidiano escondido? Esto es una paradoja para mí. Yo que voy contentísimo disparando con mi cámara automática que llevo en el bolsillo tranquilamente. Y otros con un cañón entre las manos haciendo fotos igual de estúpidas que las mías, pero haciendo la pose de soy profesional. Y tengo que decir que a mí me flipan esas cámaras, pero me impresiona el uso que le dan algunos creyendo que si se compran la mejor cámara harán fotos para el pulitzer.

Siguiendo con el comentario turístico. Visitamos todo lo que se podía visitar y acabamos artitos de tanto templo y tanto calor. Cuando salimos nos fuimos a por un poco de fruta fresca y una botellita de agua. En ese momento decidimos escindir el grupo. Paula y su amiga quería ir a ver el Buddha Reclinado, y Álvaro y yo ya lo habíamos visto. Decidimos que nos separaríamos y nos veríamos para comer.

Álvaro y yo nos fuimos otra vez hacia el barrio chino, que nos había dejado con ganas de más. Estuvimos dando vueltas por aquellas calles súper estrechas, llenas de gente. Apenas se podía andar. Los mercaderes pedían paso para llevar la carga a su puesto. Nosotros lanzando fotografías a todo lo que veíamos. Es uno de los barrios chinos con más encantos de los que había visto hasta el momento. Pescado secándose en la puerta. Puestos de pinchos de carne, de pescado, de marisco… Tiendas de oro. Tiendas de especias. Puestos de noodles. Cientos de olores diferentes. Miles de colores. Mucho ruido. Estuvimos caminando durante un buen rato. Yo le pregunté a Álvaro si le apetecía comer algo de aquellos puestos callejeros, que a mí me encanta. Pero él ya estaba cansado de tanta comida oriental. Nos entró el hambre y empezamos a buscar un taxi. Los taxistas nos evitaban. No querían llevarnos. Había un traficazo enorme, por ello pasaban de nosotros. Al final volvimos a tomar un tuc-tuc. Qué calor que pasamos. Llegamos a Sukhunvit una hora más tarde oliendo a humo de los coches. Nos fuimos directos a una pizzería y a disfrutar de un poco de comida tradicional.

Aquí se acabó el viaje. Después de esto sólo teníamos tiempo para ir a casa a recoger la maletilla, sentarnos un rato y llamar al taxi.

Horas después… casa, hogar, mi cama.

Y esto fue todo. Ahora os tengo que dejar porque tengo que coger un avión para ir a Langkawi, una isla del Oeste de Malasia. Ya os contaré.

Un abrazo

Advertisement

Dejar un comentario hasta ahora
Deja un comentario



Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s



Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.