¿Qué hago yo aquí?


NAVIDADES EN MOTOCICLETA
27 diciembre 2009, 8:30
Archivado en: Sri Lanka

No sé cómo voy a contaros esta historia. En realidad no debería haber colgado esta entrada hasta haber terminado las de Langkawi y Camboya, pero este viaje fue tan especial que prefería escribirlo primero, antes de que se me olvidaran los detalles.

Quiero deciros que este viaje ha sido uno de los viajes peores preparados de mi vida. He estado solo. He pasado muchas penurias. He estado siete horas diarias encima de la motocicleta. Me he empapado. He pasado frío. Me han robado. He tenido ganas de llorar. Ha sido uno de los mejores viajes de mi vida. He estado solo. He visto cosas bellísimas. He comido genial. He conocido a gente con un corazón extraordinario. He reído. He pasado una de mis mejores navidades. He disfrutado como un niño. Este viaje ha estado lleno de contradicciones. Había gente a la que sólo le interesaba mi dinero y otras que se desvivían por ayudarme gratuitamente. Ha sido una aventura.

Como os dije, el viaje comenzó con una preparación pésima. Decidí que viajaría a Sri Lanka porque no me había salido ninguno de los planes que intenté. Lo que más me apetecía era volver a España para pasar la Navidad en familia, pero eso era imposible. Por otro lado, mis amigos del máster bajaban a Tailandia e intenté verlos… Quería irme con mi compañero Juange a unas islas paradisiacas… Quería ver a mi amigo australiano que estaba en Koh Samui… Pero el problema era siempre el mismo. Las fechas no coincidían. Yo debía estar el domingo 27 de diciembre en el Aeropuerto Internacional de Kuala Lumpur para recoger a mi amigo Tomás que venía desde Punta Umbría. Qué recuerdos de mi Huelva querida. Y lo dicho, todas las opciones se iban desvaneciendo. No me apetecía quedarme en casa en navidades. Quería que fuese algo especial. Para mí estas fechas son muy especiales. Echaba mucho de menos a la familia. El frío del invierno. El olor a castañas asadas de debajo de mi casa de Badajoz. El olor a la chimenea de la casa de mis abuelos. La lucha por un sitio en la mesa para la cena de Noche Buena. Tomar cervezas desde el medio día con los amigos. Así que hice lo único que me quedaba por hacer. Me metí en skyscanner.com, seleccioné Kuala Lumpur como aeropuerto de origen y “todos los destinos” como destino final. Introduje mis fechas y le di a buscar. A continuación salieron todos los destinos posibles por orden de menor a mayor precio. Malasia, Indonesia, India… Sri Lanka. Vi éste último y me pregunté: ¿por qué no? Tenía buen precio y me apetecía un destino diferente. No conocía nada de aquel país, pero me atraía. Así que compré el billete. Esto fue un mes antes de la fecha del viaje. Todas las demás decisiones fueron improvisadas.

Durante estos meses estuve viajando tanto que no me apetecía nada ponerme a estudiar posibles destinos dentro de la isla. No sabía qué cosas interesantes había. No sabía cómo me iba a mover de un sitio a otro. No sabía dónde iba a dormir. Me daba igual, ya lo averiguaría.

Una semana antes, en la cena de despedida de unos amigos que se iban a España a pasar las fiestas, estuvimos hablando sobre viajes. Una amiga ya había estado en Sri Lanka y le había encantado. Me dijo que habían contratado a un conductor para que les llevase a todos los sitios que ellas querían visitar. Yo estaba buscando algo diferente. Me metí en internet y vi un anuncio de unas motos. ¿Por qué no? ¿Por qué no alquilar una moto para viajar por la isla? Una moto medianamente grande. Envié unos cuantos correos a aquellas empresas que ofrecían motocicletas de alquiler. Cinco días antes de salir decidí que el viaje lo haría en moto. Por fin se iba concretando un poco el viaje.

Se acercaba el día de partida y seguía sin tiempo ni ganas de planificar algo más. Tenía mucho trabajo y no me podía poner a buscar nada. Pero algo tenía que hacer. Al menos debía saber lo que iba a hacer el primer día y donde dormiría, el resto ya lo decidiría. Un día antes de salir me metí en Hostelword.com y reservé una habitación en un hotel de Kandy, en el centro de la isla. Lo mínimo necesario ya estaba hecho.

El miércoles 23 de diciembre me levanté a las 3:20AM para terminar de preparar la maleta. A las 4:00AM Mr Naidu, mi taxista, ya me estaba llamando para decirme que me estaba esperando en la entrada de mi edificio. Una hora más tarde ya estaba en el aeropuerto. Ya había hecho el check-in por internet, con lo que no tenía que esperar la cola de facturación. Me fui hacia unos bancos que estaban libres y me puse a desayunar. Un bocadillo de pan danés, integral con cereales, lechuga, jamón ibérico y roquefort. Tras disfrutar del desayuno me dirigí a la puerta de embarque. No tardamos mucho en subir al avión, lo que me extrañó mucho teniendo en cuenta que volaba con AirAsia. Pero con esta compañía siempre pasa algo. Unos viajeros, después de haber facturado sus maletas, habían decidido que no viajaban y teníamos que esperar a que sacaran todas las maletas, separasen las de los viajeros arrepentidos y volviesen a meter el resto. Tras cuarenta y cinco minutos de espera ya pudimos despegar. En ese momento vi la luz. Una fila de asientos desierta. Qué alegría me entró en el cuerpo. Me tiré de cabeza y allí mi cama hice durante las tres horas que duró el viaje. Así sí que se viaja bien. Cuando me desperté comencé a estudiar todos los papeles y quías de Sri Lanka que me había traído. No tenía ni idea de por dónde iba a empezar…

Tres horas después de salir tomamos tierra en el aeropuerto de Colombo. Había relojes por todas partes, pero no entendía cuánto tenía que retrasar mi reloj. ¿Dos horas? ¿Tres horas? Tras un rato de pensar me di cuenta de que, respecto a Malasia, había dos horas y media de diferencia. Hice el recorrido del aeropuerto hacia la salida y me impresionó una cosa. Todo el mundo sabe cómo suelen ser las tiendas en los aeropuertos. Pues esto era totalmente diferente. En llegadas había decenas de tiendas de electrodomésticos, televisores, dvd’s, lavadoras, etc. Parece que es normal que a la gente cuando llega a Sri Lanka le apetezca amueblar su casa.

Al salir ya estaba Mr Hanees, el dueño de la empresa de alquiler de motos. Nos recogió su chico de los recados en una furgoneta y nos dirigimos hacia Negombo. Tras una hora arreglando papeles y cambiando de moneda ya estaba preparado para comenzar la ruta. La moto era una Suzuki de 250cc de enduro. No tenía una pinta espectacular, pero era suficiente. Mr Hanees me facilitó algunas indicaciones para salir de la ciudad y ponerme en dirección a Kandy, pero a los cinco minutos ya estaba perdido. He hice lo que un hombre nunca haría, preguntar. La gente, en las zonas que no son turísticas, suele ser muy muy amable, y te ayudan en lo que puedan. A base de preguntar cada dos kilómetros, por fin me puse en la ruta hacia Kandy.



El camino fue una locura, como todo durante este viaje. Lo primero que he de decir es que los trayectos en este país son súper lentos. Para que os hagáis una idea, desde Colombo a Kandy hay 110km, y un coche tarda en recorrerlos alrededor de tres horas y media. El tráfico es horrible. Cientos de autobuses, y digo cientos sin exagerar un ápice, se pelean con coches, motocicletas y tuc-tucs por abrirse paso a través de carreteras, que en Europa podríamos considerar peores que regionales. Parando cada kilómetro para recoger a gente. En estas carreteras es muy complicado que pasen más de 5 kilómetros sin que te encuentres alguna población, incluso en muchos tramos del camino la carretera se encuentra flanqueada por cientos de tiendas de mil tipos. Tiendas que no están ahí por los turistas, sino que es algo natural de la cultura ceylon.

A lo largo de este camino, desde Negombo a Kandy, me empapé y me sequé cinco veces. Supuestamente, según la guía Lonely Planet, a finales de diciembre debería ser la estación seca en esta zona, pero no fue así. Estuvo lloviendo intermitentemente durante toda la jornada. De repente llovía y me empapaba, a la media hora siguiente paraba de llover y salía el sol, me secaba, a la hora se nublaba y empezaba a llover… Y todo esto con una vestimenta muy adecuada para este clima: pantalón corto y camilla de manga corta. Perfecto.

En uno de esos momentos en los que no paraba de llover, decidí que ya era hora de parar la moto y comer un poco. Ya había pasado más de una hora y media desde que salí y tenía el culillo que ya no lo sentía. Cuando me bajé de la moto tenía la misma sensación que cuando te bajas de un caballo. Andaba con las piernas como un cawboy. Entré en el establecimiento más cercano y pedí que me pusiesen lo que fuera. Ya tenía hambre, y me apetecía probar algo de comida ceylon. La comida no era un manjar, aunque tampoco es que fuese un restaurante de cinco tenedores. Un poquito de arroz, pasta de algo, otra cosa cocida, una especie de lentejas y un poco de pollo estofado a su estilo. Un poco picante. Y todo ello acompañado de una cerveza de ginger. Muy interesante.

Estaba esperando a que parase un poco de llover, pero no cesaba. Mientras esperaba vi que al lado del establecimiento había un árbol lleno de monos. Los monos empezaron a entrar en el sitio como si estuviesen habituados a ello. Totalmente inofensivos. Eran unos monos muy pequeñitos. Seguía sin parar de llover, pero al menos disminuyó un poco la intensidad. No quería llegar muy tarde a Kandy porque me apetecía ver algo de la ciudad antes de irme a dormir. Así que me monté otra vez en la moto, aunque siguiese lloviendo, y me puse en ruta.

No pasó mucho tiempo hasta que volví a parar, pero esta vez fue en el Orfanato de Elefantes, en Pinawala. Este sitio recomendado en todas las guías, consistía en una granja donde cuidaban a elefantes heridos, que luego se convertían en atracciones para los turistas. Hay que decir que los dueños del complejo saben como hacer dinero. Estaba repleto de sitios donde vendían recuerdos, papel hecho con excremento de elefante, cosas con pelos de elefantes, y para entrar en la granja… para entrar los extranjeros pagaban DIEZ veces más que los locales. Y el precio no era algo ridículo. Pero bueno, tampoco puedo hablar muy alto cuando nosotros en España hacemos lo mismo con los guiris. Siguiendo con el tema, allí se encontraban casi un centenar de elefantes, algunos cojos, otros recién nacidos. La verdad es que era agradable descansar un rato en ese ambiente. Más tarde los sacaron a comer. La travesía consistía en cruzar el poblado y después un río hasta donde encontraban la comida. Un poco de ejercicio no les venía mal.

Después de tanta cosa turística ya no me apetecía quedarme más por allí. Me subí a la moto y continué con mi camino. Mientras rodaba me encontré la misma tónica de antes. Lluvia, sol, lluvia, sol… y finalmente llegué a Kandy justo cuando ya empezaba a echar de menos algo de abrigo. Al entrar en la ciudad, el caos que había visto durante el camino se multiplicó por mil, y sigo sin exagerar. El tráfico era muy denso y lento. Miles de motos por doquier. Coches pitando. Tuc-tucs atropellando a todo el que se ponía por delante. Autobuses echando de la vía a cualquiera que no le cediese el paso. Todo esto con cientos de tiendecillas, o puestecillos por no subirles de categoría inmerecidamente, al lado de la carretera. La gente cruzando por cualquier sitio. La estación de autobuses que era un caos aún mayor. Pero todo esto sólo fue en aquella zona. Tras unos cientos de metros se abría paso una ciudad preciosa. Y no es preciosa por los edificios, esculturas o baluartes. Preciosa por el conjunto. Kandy está situada en una zona montañosa del centro del país. En un pequeño valle a lo alto de esas colinas se crea un lago que le da nombre a la ciudad. La vegetación es impresionante. A uno de los lados de este lago se ubica el Templo del Sagrado Diente. Uno de los mayores centros de devoción a la figura de Buddha. En el lado opuesto de este lago se encontraba mi hotel. En la colina de las montañas.

Preguntando y preguntando pude llegar hasta el Kandy View Hotel. Un hotelito con unas vistas preciosas del lugar, y aun precio irrisorio. Menos de diez euros la noche por la habitación individual, con cuarto de baño dentro. Pero no hay nada de este viaje que salga sin sobresaltos. Al llegar al hotel me puse a hablar con el dueño, Kanchana. Un tipo muy cercano. Y al rato de estar ahí me dijo que el hotel estaba ocupado al cien por cien. ¡Imposible! ¡Pero si tengo la confirmación impresa! Compruébelo, por favor. Subimos a su despacho, y tenía razón. Él había enviado un aviso a Hostelword de que el hotel estaba completo y anulaba mi reserva. Pero yo no tenía nada en mi correo, no me habían avisado.  Kanchana me propuso algo. Él tenía una habitación en su casa, un poquito más arriba en la colina, con cama de matrimonio y cuarto de baño incluido, que utilizaba para emergencias, y yo era una de esas emergencias. La habitación era aún mejor que la que en teoría debería haber tenido. Las vistas impresionantes.

Descansé un poquitillo, como cinco minutos más o menos, me cambié de ropa y me fui hacia el hotel. El camino era complicado, con curvas complicadas y pendientes imposibles. Kanchana me comentó que iba a acercar a uno de los huéspedes al Templo del Sagrado Diente, y me uní a la excursión. El tipo con el que iba era un indio que estaba haciendo pruebas clínicas para un estudio de una farmacéutica. El doctor no hablaba mucho al principio, pero cuando nos pusimos a caminar buscando la entrada del templo ya se empezó a soltar. El templo es algo que hay que ver si se pasa por Sri Lanka. No es una construcción espectacular, pero en las horas de oración se junta un tumulto de gente para realizarle ofrendas a Buddha. La gente hace cola alrededor de una caseta, para poder asomarse por una ventana y ver el recipiente donde supuestamente se encuentra el diente sagrado de Buddha. Al mismo tiempo, en la planta baja del templo, hay una percusión que le da un ambiente aún más espiritual. Es una experiencia muy interesante.

Después de estar paseando por el templo durante un buen rato, y haber visto todo aquello que nos dejaban ver, nos fuimos a dar una vuelta por la ciudad. A esa hora ya estaba mucho más apagada. Aún así se veía circulación, pero no era lo mismo que durante la tarde. Estuvimos caminando un bien rato. Y mientras tanto me di cuenta que los indios son bastante, por no decir muy, clasistas. No respetan a la gente de niveles inferiores, o que ellos creen que son inferiores. O al menos fue la sensación que llevé después de pasar unas cuantas horas con uno de compañero de turismo.

Llegó el momento en el que el hambre ya se adueñaba de mi cuerpo. Así que llamamos al dueño del hotel y nos vino a recoger. Estuve cenando en la azotea del hotel. La comida consistía en arroz, por supuesto, y en varios platitos pequeños a modo de degustación. Casi todo estaba muy bueno. Las verduritas, el pollo… y después a dormir.

Al día siguiente no me levanté demasiado temprano. Serían las 8.30 cuando salí de la casa. Recogí todo en la mochila porque en un principio pretendía dormir en otro lugar la noche del 24 de diciembre, quizás más hacia el sur. Justo cuando iba a salir de la casa me llamó Kanchana para que fuese a desayunar. Un desayuno normal y corriente, con tostadas, zumo de cartón y café del malo. Al momento Kanchana se me sentó a mi lado y empezamos a hablar sobre lo que iba a hacer ese día. Le dije que pretendía bajar hasta la costa sur, pero que me habían hablado muy bien de Sigiriya y que quizás iría primero al norte a ver aquella población, y después bajaría otra vez y continuaría hacia el sur. Yo todavía no me había querido dar cuenta de que las distancias en este país no se miden en kilómetros, sino en horas. Creo recordar que desde Kandy hasta Sigiriya hay 71km, pero lo que parece corto, en Sri Lanka es eterno. El hombre me intentaba convencer de que me quedase otra noche más en su casa, pero a mí me apetecía cambiar. Él, cambiando de tema, me dijo que si me apetecía ir a ver un sitio muy tradicional donde vendían máscaras y tallaban la madera a mano. Y pensé que comprar algún suvenir en un sitio tradicional no estaría mal. Así que acabé en Rajamina Craft, un centro de carpintería tradicional en el que trabajaban varios tipos de madera para hacer muebles, figuras y máscaras. Nada más llegar comenzaron a explicarme el proceso de elaboración de los muebles y demás. Madera de cada tipo para cada cosa específica… madera para elaborar tintes naturales… y con tantas atenciones y explicaciones me vendieron la “burra” y acabé comprando una máscara. Y como buen pijito que soy me compré la que se hacía de forma más artesanal, con la mejor elaboración y detallismo… y una de las más caras.

Ya se me había hecho un poco tarde, así que al final decidí que sí que me quedaría otra vez a dormir en Kandy y ya vería cómo distribuiría los siguientes días. Le dejé mi mochila con casi todas las cosas al dueño del hotel. El día estaba despejado casi totalmente, alguna nubecilla, pero yo me temía que volviese a llover como el día anterior. Kanchana me dijo: “Hoy seguro que no llueve. Y yo no me equivoco tanto como la CNN”. Ya veríamos lo que pasaría…

Al rato ya estaba en mi moto dándole al máximo, pero sin cometer locuras, que los lugareños no destacan por sus habilidades al volante. Si hay una cosa que destaca de este país, son sus paisajes. Lo mejor de todo fue el camino, la carretera. A veces bordeada por árboles tan densos que cubrían la carretera como si fuese un túnel. Otras veces por campos de arroz infinitos con sus gentes trabajado en ellos. Aquello era precioso. Imaginaos una llanura enorme de campos de arroz con las montañas levantándose en el extremo… Eso enamora. A parte de esto siempre estaba la compañía de miles de puestos de carretera. Los puestos ambulantes de fruta… Si hubiese hecho el viaje de otra forma no hubiese disfrutado tanto de Sri Lanka como lo hice. Ni tampoco hubiese sufrido tanto.

A la hora de haber salido de Kandy comenzó a llover otra vez. El hombre del tiempo nunca acertaría. Esta vez lluvia intermitente. A veces llovía fuerte. A veces llovía flojo. Pero como el día anterior, al rato salía el sol y me secaba. Esta vez solo estaba viajando con mis pantalones cortos, camisa de manga corta, mí cámara, la cartera, el mapa de carreteras plastificado y el móvil que no funcionaba. En un momento dado tuve que poner todas las cosas en bolsitas pequeñas para que no se estropeasen en mis bolsillos húmedos.

Estuve conduciendo por la A9 sentido a Dambulla. Todo el camino precioso, pero eterno. La distancia no parecía mucha en el mapa, pero estaba tardando bastante. Finalmente llegue a Dambulla, donde había poca cosa que visitar, exceptuando al “Templo en la Roca”. Un templo situado en la ladera de una montaña con un Buddha enorme. La verdad es que tenía prisa y no me paré mucho por ahí. Hice unas cuantas fotos y continué el camino por la A6 en busca de Sigiriya. No me había detenido mucho en Dambulla porque me habían comentado que si había algo que no me debía perder, eso era Sigiriya.

Me perdí unas cuantas veces antes de llegar, como era habitual en mi viaje, pero preguntando se solucionaba todo. Cuando ya había encontrado el camino no asfaltado que llevaba hacia la zona monumental comenzó a diluviar. Yo ya no podía más. Paré la moto en la carretera y no sabía qué hacer. De repente apareció un hombre que se asomaba desde la puerta de su casa y me dijo que entrase. Y eso hice. Aparqué la moto en la entrada y me metí dentro. Ahí no había nada. El mobiliario que yo podía ver consistía en dos sillas de madera destartaladas en el centro de una habitación vacía. El hombre no hablaba inglés, con lo que la comunicación no era muy fluida. De repente salió una persona de un cuarto colindante. Su padre. Por lo que se dejaba ver por el marco de la puerta, esa era la habitación donde dormían el dueño de la casa, su mujer y su padre, si no se me escapó alguien más. La habitación no parecía algo muy confortable. De repente dejó de llover. Le agradecí mucho los 10 minutos de no conversación y seguí con mi camino. 10 minutos después ya había llegado a Sigiriya. Aparqué la moto donde pude y compré la exageradamente cara entrada. Y digo que era muy cara porque, si no recuerdo mal, era de alrededor de 25 dólares americanos. Y esto no es precisamente el Vaticano.

A la entrada de las ruinas se agolpaban los guías que intentaban convencerme de que iba a aprovechar mucho más el tiempo si los contrataba. No tengo dinero. Cuando estaba en mitad de la explanada, a medio camino de la entrada y de la gigantesca roca en la que consistía el monumento, comenzó a llover sin piedad. No sabía dónde meterme. Debajo de un árbol medio pelado que lo único que protegía era mi espalda.

Ese día era 24 de diciembre. Estaba sólo en un país que no conocía. No tenía apenas dinero encima. No tenía teléfono que utilizar si me pasaba algo. Estaba lloviendo. No tenía nada, nada, nada para evitar mojarme. No paraguas, no impermeable, no techo que me cubriese… nada. En unos momentos estaba que me iba a dar algo. Y de repente alegría. ¿Por qué? Estaba empezando a sonreír. Me di cuenta de que no había ninguna experiencia mejor que la que estaba viviendo. Disfrutar de la gente. Disfrutar de la tierra, de los paisajes. Disfrutar de la lluvia sobre mí sin hacer nada para evitarlo. Estaba contento porque estaba viviendo algo diferente a lo que estaba acostumbrado. Nada de viaje en serie de Lonely Planet. Nada de planificar. Nada de saber lo que haría al día siguiente. Nada de rutina. Estaba disfrutando.

Justo en ese momento dejó de llover. Y seguí caminando. Se me acercó un chavalillo que me ofrecía guiarme por la zona. –No tengo dinero. –Da igual, dame lo que quieras. –Que no tengo dinero ni para comer. –Bueno, bueno, al final de la visita me das lo que quieras. –Bueno, yo ya te he dicho que no hay dinero… La zona monumental consistía en una roca gigantesca, con toda la dimensión de la palabra, en la que había pinturas muy antiguas, cuevas, piscinas, un palacio… La verdad es que impresionaba bastante. Estuvimos dando vueltas por la parte baja de la montaña viendo las cuevas con nombres de animales, en función de la apariencia de la misma, y llenas de dibujos. Las bacas pastaban alrededor sin molestar ni ser molestadas. Y comenzamos con las escaleras. No quiero ni recordar el número de escaleras que subimos, pero muchos cientos de escalones. Las vistas conforme iba subiendo eran preciosas. Se podía observar toda la selva alrededor, con un Buddha gigante en frente de la gran roca. Las montañas de Kandy a lo lejos. Las nubes levantándose entre los árboles como si fuese humo. Aquello era una obra de arte natural.

No os voy a hablar del estilo de pintura, o del estilo arquitectónico de los restos. Eso ya lo podéis leer en algún libro de texto. Lo que sí os puedo decir es que el paisaje era algo… diferente. Algo curioso, en un par de lugares de la zona monumental, había unas casetas de malla verde transparente. Para qué servirían. Pues lo que sucedía era que de vez en cuando había ataques de abejas. Por lo visto, en algunas ocasiones había muerto gente por las picaduras de las abejas que tienen colmenas en la gran roca. Eso me tuvo inquieto durante gran parte de la subida y de la bajada. Después de más de una hora llegamos a la cima. Desde ahí se podía tener una vista de 360º de toda la zona. Se podía ver a casi 70 km a la redonda. Las montañas, los lagos y piscinas artificiales, ciudades, casas… Estuve disfrutando de aquello hasta que se puso a llover de nuevo. Vaya con hombre del tiempo. Y comenzamos a bajar.

Al llegar abajo me encontré con el problema que ya se anunció al comienzo de la subida con el guía. Le dije que no tenía suficiente dinero para darle, pero aún así le di algo. Él continuó pidiendo y pidiendo. Y yo diciendo que no y que no.

Ya se me había hecho un poco tarde. Así que cogí la moto y comencé el camino de vuelta. En Dambulla volví a parar a hacer algunas fotillos. Esta vez paré en el Golden Temple. Una especie de templo y parque de atracciones buddhista a la misma vez. Estaba lleno de fluorescentes, con un buda dorado y gigantesco. Tardé poco en salir de allí. Ya era muy tarde y quería llegar antes de que anocheciese a Kandy. En esos momentos estaba pensando que iba a pasar una Noche Buena muy aburrida. Iba a llegar al hotel, cenar el plato especial otra vez y me iba a subir a la habitación a leer mi libro. ¿Dónde estaba el espíritu navideño? Echaba de menos a mi familia.

Bueno, pues otra vez a la carretera. Y todo esto sin haber echado nada a la boca desde el desayuno tempranero. Disfruté del camino de la misma forma que a la ida. Me pareció que había hecho el tonto con la planificación de los viajes. Ir y volver en un mismo día… Pero bueno, parte de la gracia de todo estaba en que no estaba nada planificado. E igual que podía salir todo genial, podía salir todo fatal.

Cuando llevaba recorrido un tercio del camino comenzó a llover otra vez. Todavía estaba lloviendo flojo, pero estaba refrescando cada vez más conforme subía las montañas. Llegó un momento en el que estaba tiritando como nunca lo había hecho en mi vida. Estaba totalmente empapado, como si hubiese salido de la piscina lleno de ropa. Tenía los zapatos llenos de agua. Estaba dando golpes al depósito de gasolina como si fuese un redoble. A penas podía ver porque las gafas se me habían ensuciado del barro que levantaban los coches de delante de mí. Estaba que iba a llorar. De hecho alguna pena me entró viendo aquella situación. Vaya festival de calamidades. Empecé a gritar en la moto para desahogarme y calentarme. Pero no paré ni un solo momento. No quería parar, porque si lo hacía se me haría de noche y aún sería peor.

30km hasta Kandy. Ya quedaba menos. Menos de la mitad. Estaba empezando a oscurecer. Estaba lloviendo tan fuerte que no podía forzar la moto para ir más rápido. Todo eran curvas de puerto de montaña. Podía caerme al vacío. Aún así seguía dándole y dándole. Adelantando camiones, autobuses, coches, tuc-tucs, motos… Los kilómetros no avanzaban. Tardaba una vida en recorrer un solo kilómetro. Al final se hizo de noche. Ya no podía llevar las gafas de sol para protegerme de la lluvia. El casco que me habían dado con la moto no tenía visera, con lo que el viento y la lluvia se me metían en los ojos. Cada vez llovía más fuerte. Cada vez hacía más frío. Cada vez los kilómetros avanzaban más lentos.

A 19km de Kandy, cuando estaba por llegar a Matale, ya no aguantaba más. No era capaz de conducir con tanta lluvia, tanto frío y tanto tiritar. Vi una luz en una de las curvas y me tiré al arcén sin pensarlo. Allí había una caseta minúscula que servía para vender algunos comestibles y varios para la gente de las casitas de alrededor. Tenía un porche de madera de un metro y medio por dos, con espacio suficiente para un par de silla y una mesa de madera. Alrededor de la mesa había unos chavales que en seguida me invitaron a pasar adentro. Me asomé a la puerta de la caseta y le dije por señales que quería algo para comer, lo que fuese. Me dio lo único que tenían a esa hora. Un bollo y una coca-cola. Sólo una persona de ellas hablaba inglés. Los demás sólo entendían palabras sueltas. Los chicos fueron muy amables. Al meterme en el porche en seguida me quité la camisa y los zapatos, que parecían cubos de agua, y los colgué de un palo que había alrededor. Saqué todas las cosas que tenía en los bolsillos y los chavales se pusieron a jugar con ellas. Cogían las gafas de sol, la cámara… echaron un vistazo a las fotos y las intentaban comentar. Y comenzaron a animarse más.

Les hacía tanta gracia ver a un chico tan blanquito por ahí, que se hicieron una foto conmigo. Y tenéis que ver la foto, jajaja. Yo estoy moreno de la playa y de tanto conducir al sol, pero al lado de ellos parecía un albino. A toda la gente que pasaba por alrededor la llamaban para que me saludasen. Parecía una atracción. Al rato llegó un hombre bastante destartalado. Lo llamaban el hombre mono. Hey monkey-man, sing a Little bit with us. Le pedían que cantase con ellos. El hombre estaba un poco borracho, por no decir mucho. Y se puso a cantar canciones y a bailar. Fue algo muy gracioso. Los demás chavales le coreaban y él seguía y seguía. Fue bastante divertido.

Pasaba el tiempo y el dueño del hotel en Kandy me estaba esperando. Kanchana tenía que levantarse temprano porque tenía que asistir a la Misa del Gallo. Él era cristiano e iba a ofrecer un almuerzo a todos los feligreses que fuesen a la misa, por lo que se tenía que levantar bastante temprano. Le había dicho que me esperase, que mi intención era la de dormir en la habitación que me había reservado. Pero la situación se estaba complicando. No paraba de llover, sino todo lo contrario. Manjula, uno de los chavales que estaba bajo el porche de la caseta, el único que sabía un poco de inglés, me dijo que me fuese a su casa hasta que dejase de llover un poco. Cogimos la moto, él se montó detrás, y nos dirigimos a su casa. Ésta estaba como a cincuenta metros de la caseta donde estábamos. La entrada consistía en una puerta de garaje. De hecho, allí tenían aparcado el tuc-tuc con el que Manjula trabajaba. Allí me recibieron la hermana de Manjula, su hija y su hijo, y la madre de Manjula. El padre llegaría más tarde. La familia era encantadora.

Lo que podía ver de la casa en ese momento consistía en la entrada, con el tuc-tuc aparcado junto con un montón de cacharros, y una especie de salón pequeño con una mesa alargada, tres sillas, dos sillones y un sofá. Todo estaba lleno de papeles, un poco desordenado. Manjula me pidió perdón porque no tenían luz en la casa. Gracias por acogerme. Más tarde pude ver el “resto” de la casa. Lo que no había visto al llegar era la planta baja, que era una sala totalmente vacía con unos hornillos en una esquina donde cocinaban. En otra esquina había una habitación con un agujero, que hacía las veces de inodoro, y unos cubos que recogían elagua de la lluvia para ser reutilizada. A parte de esto tenían una última habitación de alrededor de 6m2 donde dormían en repartidos en dos camas. Imaginaos a cinco personas durmiendo en dos camas dentro de una habitación tan pequeña. Toda esta situación fue muy impresionante. Estaba siendo acogido por la familia más pobre que he conocido en mi vida. Pero no sólo me tuvieron en su casa un ratito. A los diez minutos de estar en su casa, la madre me trajo un té con leche buenísimo, y cinco minutos después un pollo delicioso, pero delicioso de verdad, acompañado con roti de coco (pan de coco). Mientras me subían la cena intentaba charlar con la niña y el niño. La niña era un encanto, adorable. Sabía contar en inglés y también el abecedario, incluso mejor que yo. Ella me hablaba súper rápido diciendo de todo, y yo me reía porque no entendía nada de lo que decía, pero a ella parecía no importarle. Me seguía preguntando cosas y yo seguía riéndome.

Cuando llegó el padre me saludó como si fuese lo más normal del mundo tener a un blanquito en casa por la noche. Nada más llegar el hombre a casa dejó una botella de un licor que no recuerdo y me pidió que me sentase a la mesa con él mientras cenaba. Me echó un poco de su licor y brindamos. Al momento le dije que ya no lo probaría más. Estaba malísimo. El señor no hablaba muy bien inglés y me dijo que hablaba otros idiomas, como un poquito de japonés. Le dije que yo también chapurreaba un poco del idioma. Y me empezó a hablar de cosas que no tenía ni idea. La verdad es que la conversación no dio para mucho.

Finalmente me dijeron que de allí no me movía hasta el día siguiente. Que no me iban a dejar marchar hasta por la mañana cuando dejase de llover. Llamé al hotel para avisar de que no iba a llegar hasta el día siguiente y en la casa comenzaron a prepararme “mi cuarto”. Comenzaron a coger los cojines del sofá y los pusieron encima de una alfombra, recubriéndolos posteriormente con unas sábanas. Me dejaron hasta una almohada y otra sábana para taparme. Cuando terminaron de montar la cama observé que yo iba a dormir mucho más confortablemente que ellos. Me dejaron ropa para cambiarme y colgaron mis trapos empapados de una cuerda. Aquello era maravilloso. Al rato estaba metido en la cama. Sin lugar a dudas fue una de las mejores Noche Buenas de mi vida. Me puse a pensar mientras estaba tirado en cómo pensaba que iba a pasar la Noche Buena, sólo en una habitación de hotel leyendo un libro, y como la estaba pasando, con una familia encantadora que se quitaba de su comida para ofrecérmela a mí. En esos momentos me sentía una de las personas más felices de mi vida. Está claro que la Navidad es algo mágico. Lo único que oscurecía un poco la situación era que no tenía ningún teléfono que funcionara para poder llamar a los míos en ese día tan importante para mí. Ahí sí que lo pasé un poco mal. La primera Noche Buena fuera lejos de la familia. Los echaba de menos.

Por la mañana me despertaron los niños correteando por la casa. Habían recibido regalos y estaban maravillados y contentos. Los regalos consistían en un Papá Noel de plástico hinchable y un balón de Nivea. Eran regalos que cualquier niño occidental les hubiese tirado a la cara a sus padres, y me incluyo yo ahí, y ellos estaban que no cabían dentro de sí de la alegría. En cuanto me levanté me volvieron a tratar como a un rey. Me sacaron a la calle y me subieron a la planta de arriba. Desde aquella planta se podía observar todo el valle, con la vegetación, la gente paseando, la bruma levantándose… Ahí tuve la visión completa de la casa. Por lo visto la casa había sido antiguamente un pub y se había transformado en una casa, pero sin luz, sin baño, sin cocina, sin nada. En la planta de arriba me acompañaban los niños pequeños y el padre. Nos sentamos en una mesita y nos trajeron para desayunar un té con leche y unos dulces que había cocinado la madre. Los dulces eran densísimos. Difíciles de tragar. Aunque hice el esfuerzo para no dejar mucho en el plato y no parecer desagradecido. Al rato les dije que me tenía que marchar porque el dueño del hotel tenía que asistir a la misa y tenía todas mis cosas. Y me dijeron que todavía no había desayunado, que no me podía ir así. ¿Qué no he desayunado? ¿Y el té y las pastas qué eran? Me obligaron a sentarme a la mesa y me pusieron delante de mí un plato enorme de arroz hervido en leche de coco, un plato de picante y pollo. Uff, yo no podía más. Ya con las pastas estaba lleno. Aún así hice por comer. Estaba delicioso.

Yo ya les suplicaba que me dejasen ir, que iba a llegar tarde a Kandy. Les iba a devolver la ropa seca que me habían dejado y se negaron. No querían que fuese con la ropa húmeda del día anterior. Les dije que se la dejaba en el hotel para que la recogiesen otro día y me contestaron que no, que esa ropa ya me pertenecía. Recogí las cosas y preparé la moto. Toda la familia estaba en la puerta para despedirme. Entonces saqué la cartera y les dije que les quería dar dinero, pero que no llevaba mucho encima. Manjula me dijo que no aceptarían nada de mí. Me dijo que lo único que querían era que me acordase de su familia. Me quedé boquiabierto. Me quedé petrificado. Ellos no son cristianos sino budistas. Lo que habían hecho no era una buena obra de Navidad. Lo habían hecho porque les salió del corazón. Cuando iba en la moto camino a Kandy todavía seguía conmocionado por la noche que acababa de vivir. Esto no pasa nunca. ¿Ha sido un sueño? Esto es algo que no olvidaré en la vida. Fue hermoso. Una familia que no tiene apenas para sí ayudando a un extraño en la noche…

El día era precioso. Las nubes se levantaban entre las montañas. Iba de camino a Kandy. Por fin iba a llegar. Y estaba lleno de energía.

Los kilómetros pasaban mucho más rápido que el día anterior. Podía tirar mucho más de la moto. A la media hora de salir ya estaba en el hotel. Justo cuando estaba aparcando la moto, Kanchana se estaba montando en su coche con su familia de camino a la iglesia. Me dijo que me había dejado las cosas en recepción. Iba vestido con la ropa que me habían dejado para dormir y en una bolsa de plástico llevaba la ropa empapada del día anterior. Hablé con la recepcionista para que me dejase cambiar en algún lado. Me puse ropa limpia. Me lavé los dientes y me escapé rápidamente. Quería estar cuanto antes en carretera para poder hacer la ruta hacia el Sur. En un principio el plan era bajar hasta la costa sur y luego seguir subiendo por la costa hasta Colombo. Esperaba que las carreteras estuviesen mejor que los días anteriores. Calculé los kilómetros que debía recorrer y tampoco parecían demasiados. En España los podría hacer en una jornada. Amarré las cosas en las agarraderas traseras de la moto y me ajusté la mochila. Me subí a la moto y empecé a rodar hacia el Sur con destino a Nuwara Eliya por la A5.

Como el día anterior, los campos de arroz flanqueaban la carretera. El día era precioso. La carretera en un principio parecía estar bastante despejada, y es que eran las 7 de la mañana. Me había levantado a las 5 de la mañana durante los días anteriores, pero todavía no me sentía cansado. Abrí el gas a todo lo que podía, y según la carretera me lo permitía. Pronto empezó lo bonito del viaje. Curvas y curvas subiendo la montaña. Un paisaje fascinante. Montañas y montañas con nubes por sobrero y lagos a sus pies. Una vegetación densísima. Un ambiente fresco. El cielo emborregado con pequeñas nubes. Era todo perfecto para disfrutar de la carretera y conducir.

A mitad de camino pasé unas cataratas, pero yo estaba tan impresionado por el paisaje de la carretera y las montañas que meramente paré para hacer un par de fotos y continué mi camino. Era el día que más estaba disfrutando de la moto. Había muchas curvas y como no llovía podía jugar un poco. Poco a poco el paisaje iba cambiando de tener arboles en las laderas a plantaciones de té. Nunca antes había visto antes algo así. No me canso de decir que aquello era precioso.

El cielo se iba cubriendo, pero no llovía. Empecé a encontrarme cada vez más coches en la carretera. Normalmente era fácil adelantarlos porque en las curvas de montaña se quedaban atrás, pero había uno que parecía que tenía más prisa de lo normal y parecía un poco peligroso. Lo intenté adelantar un par de veces, pero siempre molestaba. Al final en una curva en cuesta más pronunciada que las anteriores lo dejé atrás. Ya pude continuar tranquilo. Durante el viaje estaba disfrutando como un niño. Éste era mi regalo de Navidad.

Creo recordar que tardé una hora y media en hacer los alrededor de 70 km que separaban Nuwara Eliya de Kandy. En los kilómetros finales volvió a comenzar a llover. Esta vez era una lluvia muy muy fina, pero que calaba igualmente. Cuando llegué a Nuwara Eliya estuve dando vueltas por la población con mi moto, disfrutando de las construcciones coloniales en lo alto de la montaña. No parecía un paisaje de la zona. Tenía un aire británico. Con sus caballos, el lago… Las plantaciones de te estaban por toda la zona. Estaba cerca de Horton Plains. Estuve un rato por allí, pero tenía ganas de seguir hacia el Sur. Ya estaba echando de menos el buen tiempo. Pregunté cómo ir hacia la costa sur. Y descubrí otra característica de la gente de Sri Lanka. No saben leer un mapa. Pregunté a varias personas y cada una decía una cosa. Desesperante. Al final me puse camino hacia el Sur. Llevaba nos cuantos kilómetros a un ritmo parsimonioso por culpa del estado de la carretera y el tráfico. Calculé que a ese ritmo habría llegado a la costa en una semana. Y para aumentar la emoción, había comenzado a llover con fuerza. Otra vez yo montado en la moto sin nada de protección contra la lluvia y empapándome. Miré hacia abajo y vi que mis pantalones largos nuevos estaban llenos de barro hasta la rodilla. Los pies empapados como el día anterior. Me agobié muchísimo. ¡Y yo que creía que era la estación seca! Pensé que podía hacer y decidí que daría media vuelta y me dirigiría ya de una vez hacia Colombo. Ya no quería más lluvia. Estaba cansado de estar empapado, tener frío y pasarlo mal. Pero necesitaba algo para la lluvia. Al pasar por el pueblo había visto que había un mercado por el centro. Callejeé un poco y aparqué al lado de unos puestecillos. Empecé a preguntar por impermeables. En el primer sitio me ofrecían unas falsificaciones horribles, que se veía que iba a calar en cinco minutos, a un precio de semioriginal. Pasé al siguiente puestecillo y allí me hice con unos pantalones y una chaqueta “impermeables”. Me monté en la moto y me puse de camino a Kandy otra vez. A los cinco kilómetros ya e estaba empapando. ¿Y esto es impermeable? Di media vuelta y me dirigí de nuevo a los puestecillos. Hablé con el tipo y le dije que me diese otra cosa que de verdad fuese impermeable. Me sacó una chaqueta Columbia. De imitación, por supuesto. Pero él me la ofrecía como original. Tú y yo sabemos que ésta es una chaqueta falsa. La voy a comprar, pero no voy a pagar como si fuese una original. Pagué un poquito más de lo que había pagado por la otra y me la puse encima de tres camisas y una camiseta. Ya estaba muerto de frío. Me puse el casco y a conducir. A los diez kilómetros tenía los zapatos como pantanos. Vi un restaurante y paré para pedirle unas bolsas de basura que me pudiese poner en los pies. Me dieron el apaño para gran parte del viaje.

Esta vez no podía ir tan rápido como por la mañana. El suelo estaba mojado y con tantas curvas podía derrapar y caer al vacío. Aún así tampoco iba lento. Lo único que quería era llegar a algún sitio donde no lloviese. Tras dos horas de lluvia y terminar con todo el cuerpo empapado, porque nada de lo que había comprado era realmente impermeable, llegué a Kandy. Allí hacía sol. Me desabroché todo y dejé que el aire secase la ropa mientras conducía. Pero no paré para nada. Mi objetivo era llegar a Colombo antes de que anocheciese y poder descansar. Durante un rato el tiempo tuvo piedad de mí, pero a mitad de camino entre Kandy y Colombo comenzó a diluviar. ¿Pero qué pasa en este país? Ni en Kuala Lumpur llueve tanto. Intenté continuar. No quería parar. Sólo quería llegar a Colombo. Pero ya no podía más, después de más de cinco horas sin bajarme de la moto tenía que descansar. Y quería estar en algún sitio seco. Así que en uno de los poblados paré y me puse debajo de una parada de autobús. Me quité la ropa que me podía quitar sin escandalizar a la gente y la colgué de donde pude. Allí estuve un buen rato esperando a que la lluvia parase. Al momento unos chavales que estaban jugando en una caseta en frente de mí se acercaron a hablar con el blanquito. Eran muy agradables. Algo que descubrí en este viaje es que cuando viajas sólo la gente es más cercana a ti. Bueno, pues a lo que iba. Empecé a hablar con ellos y salió el tema de que mi teléfono estaba estropeado. Me habían dado una tarjeta estropeada en Negombo. Uno de ellos dijo que intentaría arreglarla, pero no pudo. Me acerqué a la tienda dónde estaba trabajando uno de sus amigos y le pregunté si podía ayudarme con el teléfono. Y resultó que lo que pasaba es que la maravillosa dependienta que me vendió la tarjeta no la había dado de alta. Qué bien, ¿verdad?

Tras estar otro buen rato más en la parada de autobús sin parar de llover, decidí que tenía que continuar, lloviese o no. No quería dormir otra vez en una casa ajena. Eso podría ser tentar mucho a la fortuna. Así que me puse en camino. La carretera no era muy complicada. Línea recta la mayoría del tiempo. Así que podía adelantar a todos los pesos pesados.

De repente dejó de llover. Por fin un descanso. Ya me estaba acercando a Colombo. La ropa se me iba secando poco a poco. A lo lejos veía el sol asomándose éntrelas nubes y yo aceleraba para alcanzarlo. Iba en aquella dirección y quería ver la puesta de sol en Galle Face, en Colombo.

Comencé a entrar en poblaciones más y más grandes, lo que significaba que ya estaba cerca de Colombo. Intentaba ir lo más rápido posible para que me diese tiempo a ver la puesta de sol. Parecía que todo iba a ir bien e iba a llegar a tiempo. Y de repente… clack. La moto no cambia de marcha. Algo se ha roto. No podía ni subir ni bajar la marcha. La maneta del embrague estaba muy suelta. ¡Joder! Se ha roto el embrague. ¡Vaya mierda de moto! La moto había tenido el embrague difícil durante todo el viaje, pero al menos había funcionado. Y justo cuando voy a cruzar el puente de entrada a Colombo, clack, adiós puesta de sol.

Paré la moto justo en el cruce anterior al puente. Justo donde había un puesto de control de la policía. Uno como tantos a lo largo y ancho del país. Me dijeron que ahí no la podía dejar. Está rota. No la puedo mover. La aparqué donde no molestaba y saqué el teléfono para llamar a Hanees, el dueño de la moto, y empecé a gritarle.

¡Quiero que vengas a por la moto inmediatamente! La moto que me has dado es una mierda. No funciona el cuenta kilómetros, el embrague se rompe… ¡Quiero que vengas inmediatamente y me traigas mi dinero! ¡No la quiero ni un día más!

– Si voy para allá me tienes que pagar el transporte. Esa avería la tienes que pagar tú. Yo sólo me responsabilizo del motor.

– Hanees. ¡Voy a tirar la moto al río! ¡O vienes inmediatamente o te tiro la moto al río!

– Ok, Manuel. No te pongas nervioso. Voy para allá lo antes posible.

– ¿Cuánto tiempo es eso?

– En una hora estaré ahí.

– Bueno. Te espero en el puesto de la policía.

Y eso hice. Los policías ya se estaban interesando por lo que me estaba pasando. Uno de ellos me dijo que me sentase al lado de la caseta de la policía. Comencé a hablar con ellos y me preguntaban ¿Qué país es el tuyo? Así comenzaba la conversación. Al rato les dije que si me podía cambiar de ropa. Estaba totalmente empapado y necesitaba quitarme esa ropa. Me dejaron que pasase al interior de una de las casetas y allí me puse el bañador y la camiseta de tirantas. Colgué las cosas de un palo y me senté en una silla que me habían ofrecido. Estuve un rato hablando con ellos sobre el viaje que estaba haciendo. Tras un rato saqué el mapa y les pregunté que dónde estábamos. En la parte posterior del mapa había una ampliación del mapa de Colombo. Ya no soltaron el mapa hasta dos horas después, cundo me iba. Estuvieron discutiendo durante todo ese tiempo sobre dónde estaban. Jajaja. Aquí nadie sabe leer un mapa. Mientras tanto yo saqué mi libro y me puse a leer. Me metí dentro de la caseta, donde había más luz, aunque también más mosquitos. La caseta estaba llena de armas. Al lado de la moto se juntaron unos soldados. Me preguntaron qué le pasaba y les dije que no cambiaba de macha. El embrague. Se pusieron a ojearla y a intentar arreglarla. La verdad es que estar con aquella gente era una experiencia que no tenía precio. Por cada cosa mala que pasaba, ocurría algo positivo que lo hacía todo más bonito.

Después de más de una hora y media ya habían arreglado la moto. El problema había sido que el cable se había roto. De todas formas no me podía ir, no confiaba ya en que la moto durase lo suficiente y tenía que esperar a Hanees. Así que me fui a cenar a un sitio local. Me sorprendió otra vez que la gente es muy cercana. Un chaval se me acercó y estuvimos cenando juntos y hablando un poco hasta que llegó el dueño de la moto. Aquí todo el mundo tiene ganas de hablar con los blanquitos.

Hanees había llegado con otra moto igual de estropeada para cambiármela, pero yo ya tenía ganas de irme al hotel y descansar, así que no discutí. Cogí la otra moto, até mis cosas a la parte trasera y me fui en busca del hotel que había leído en la Lonely que era budget. La guía decía que era bastante típico y encantador, pero lo había elegido porque estaba situado en una parte muy turística y suponía que sería fácil de encontrar. Todo lo contrario. Como ya os había dicho antes, en Sri Lanka la gente no sabe leer un mapa. Les preguntas que dónde estamos, que lo señale en el mapa de su ciudad, y no son capaces. Yo me estaba quedando flipado. Estuve dando vueltas y vueltas por la ciudad. Lo único que quería es que me dijesen cómo llegar al Fort. Es de las zonas más turísticas de su ciudad, donde están los mejores hoteles. Pues cada persona que paraba me daba unas directrices diferentes. Desesperación. En este país todo es así, desesperación y alegría, desesperación y alegría… Finalmente llegué a la zona. Policías con ametralladoras por todos lados. Seguridad máxima. Calles con barricadas. Parecía una zona bélica. ¿Esperando un ataque? Y por fin encontré el hotel. Se llamaba en YMCA. Debía ser una vieja residencia estudiantil de principios del siglo XX. Y desde entonces no la habían reformado. Parecía el decorado de una película de miedo. Sillas rotas por el suelo. Taquillas destrozadas. Puertas caídas. Metí la moto dentro del porche del edificio, donde pudiese estar un poco protegida, y me acerqué a recepción. Ya había reservado unas horas antes, pero quería saber si tenían alguna habitación con cuarto de baño incluido. Con el aspecto que tenía a primera vista el hotel, no quería saber cómo debían ser los baños compartidos.

Me dieron las llaves y me fui a la habitación. El ambiente era tétrico. Estaba pensando que iba a dormir con las luces encendidas. No me fiaba de nada. Llegué a la habitación… vaya habitación. La suite. Dos camas en el medio de una habitación desolada, con las sábanas que no se cambiaban desde que se construyó el edificio, con un olor a polvo que repelía cualquier gana de dormir. El cuarto de baño… no creo que los compartidos hubiesen estado peor. Las paredes se caían. Olía a humedad. La ducha consistía en una tubería torcida. Y el inodoro… mejor no hablar. Pero bueno, estaba muerto y sería capaz de dormir en cualquier parte. Le puse una camiseta a la almohada, para así no tocar la tela, me tumbé en la cama vestido, hablé un poco por teléfono con mi madre y a los cinco minutos estaba dormido. Ese había sido el día de Navidad.

A la mañana siguiente me levanté con energía. Me bajé a la calle, compré una pastilla de jabón y un sándwich de huevo y algo picante y me subía a la habitación a ducharme ya salir a ver la ciudad. Dejé la habitación a las siete de la mañana. No había todavía mucha gente por la calle. Pero yo estaba con las pilas cargadas. Cogí la moto, até todo lo que tenía a la parte trasera y me puse a hacer turismo sin bajarme de la moto. Me acerqué al antiguo ayuntamiento, parques, Galle Face, Pettah… Sinceramente, la ciudad no me gustaba. Con lo bonito que había sido todo el viaje, y lo peor de todo siempre habían sido las ciudades. Lo más bonito el camino y el paisaje. Aquello que tocaba el hombre lo estropeaba, lo llenaba de suciedad. Duré una hora dando vueltas por la ciudad y decidí que ya me merecía un descanso, así que me dirigí a Negombo. Allí devolvería la moto y me tumbaría en la playa a tomar un poco el sol.

De camino no había tanto tráfico. Era muy temprano. Llegué relativamente temprano y me puse a buscar hoteles, hostales o lo que fuera en la zona de la playa de Negombo. Casi todo estaba overbooking. Al final me quedé en el Topaz Beach Hotel. Un hotel estilo colonial que no estaba nada mal, aunque un poco caro para lo que era. Pero la habitación y el cuarto de baño estaban limpios, y eso ya era un lujo para mí.

Ese día lo dediqué a mí. No quería hacer turismo ni nada de provecho. Sólo descansar y comer bien. Me fui a comer a un restaurante suizo….Se llamaba Bijou… Ummm, uno de los mejores solomillos de ternera que he comido nunca. Suave como pocos. Se deshacía en la boca… Y después a la playa a tirarme un rato.

En la playa estaba todo el mundo de fiesta. La gente se bañaba con la ropa puesta. Los jóvenes cantaban canciones típicas. Hacían percusiones. Bailaban. Era un ambiente muy festivo. La playa no era algo especial, pero el ambiente hacía que mereciese la pena estar ahí.

Pasé todo el día entre la playa y la piscina leyendo y durmiendo. Por la tarde diluvió, como lo había hecho todos los días durante el viaje. Pero esta vez tenía un techo donde cobijarme. Por la noche me fui a cenar a otro sitio de comida occidental, no tan bueno como el del medio día, pero pude disfrutar de un poco de conversación con otros viajeros solitarios como yo. Al terminar preparé todo para el día siguiente. El taxi me debía recoger a las seis y media para ir al aeropuerto. Compré un par de encargos que me habían hecho y me fui a dormir.

Por la mañana, cuando estaba recogiendo, me llevé la peor sensación posible. Me habían robado en aquel hotel. Unos 60USD. Tenía más dinero. El suficiente para terminar el viaje, pero lo que más me fastidiaba era que la última sensación que me iba a llevar de este país era esa. Me dio mucha rabia, no por el dinero sino por la impresión final. Todavía me dura esa sensación contradictoria.

El viaje en avión fue cómodo para mí. Una fila entera donde podía estirarme y dormir y leer. Así se viaja a gusto.

El viaje fue maravilloso. Ha sido uno de los viajes más bonitos que he hecho en mi vida. Ha estado lleno de situaciones que me han hecho gritar de rabia, y otras que me han hecho reír a carcajadas. Desesperación y alegría. Alegría y desesperación. Paisajes preciosos, ciudades sucias. Gente que se aprovecha de cualquiera para sacarle el dinero. Gente encantadora y bondadosa. Y si os soy sincero, el viaje salió así de imperfecto porque viajé sólo. Es una experiencia que recomiendo a cualquiera que esté cansado de los viajes empaquetados y de libro.

Un consejo: cuando preparéis un viaje enteraos de si hay conflictos bélicos en ese país para tomar precauciones. Yo me enteré a la vuelta de que había habido altercados y que el frente tamil de liberación estaba cerca de por donde me había estado moviendo. Un poco peligroso viajar solo, pero no tenía ni idea.

Espero no tardar mucho con el siguiente capítulo.

Feliz Navidad.

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2 comentarios hasta ahora
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Joder macho 3 me lo he tenido que leer en 3 días jajaja pero me ha molado mucho, ha tenido que ser una gran experiencia y le has echado un apr de huevos…no se si yo me habría atrevido la verdad…

A ver si pronto nos podemos pegar un viajecito juntos.

Un abrazo

Comentario por Pedro

Ya tío, fue bastante largo. Tardé bastante en escribirlo, pero los detalles…
¿Qué te parece mi estilo? jejeje
Tengo que ponerme a escribir más, que lo tengo abandonado.

Looking forward to see you soon :-)

Un beso

Comentario por loloarrones




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